Ella es Verónica Cattaneo, tiene 32 años. Padece una parálisis cerebral causada por la falta de oxígeno durante el parto, eso le causó deficiencias en sus funciones motrices y algunas otras funciones. Aunque suene dramático, después de 15 o 20 minutos de charlar con ella, entre mate y mate, su condición se vuelve algo casi irrelevante.

Hoy Vero vive en Barrio Gral. Paz, con su mamá y su perrita: Brisa. Es la mayor de tres hermanos. Está transitando un período de independencia que la llena de confianza y paz. La historia de sus apenas 32 años tiene mucho para rescatar; siendo una mujer adulta, Vero, puede recordar su adolescencia con nostalgia y comprender que su proceso de maduración le permitió convertirse en la mujer fuerte, valiente y perseverante que es.

Vivió hasta los 4 años en Monte Cristo, luego la familia entera se mudó a Córdoba para comenzar con tratamientos y rehabilitación, ya que Vero no caminaba, tenía ambos pies en punta (como una bailarina clásica) porque sus tendones estaban retraídos. Su mamá insistió para que la operaran y comenzó a tratarla el Dr. Castillo Morales. Luego de operaciones y tratamientos, comenzó a caminar, recién a los 8 años. Caminar fue una de las cosas más difíciles que le tocó vivir, recuerda la imagen de sus padres, uno sosteniéndola y el otro esperándola, en lo que, para ella era un abismo.  Ese fue su primer gran desafío, pero vendrían más, muchos más.

Siempre asistió a escuelas comunes, primero en Córdoba, hasta tercer grado, luego decidieron mudarse y volver a Monte Cristo. En aquel momento no había “maestras integradoras” en el pueblo y sus maestras de grado no lograron adaptarse a las necesidades de Vero, convirtiendo su experiencia y la de sus compañeros en un triste recuerdo. Las señoritas no querían que los chicos perdieran tiempo ayudándola, si se caía un lápiz ahí quedaría y Vero estaba obligada a permanecer sentada en la primera fila aislada de los demás chicos, dependiendo de la voluntad de algún valiente que quisiera acompañarla, pero ya sabemos cómo es la adolescencia. Fueron 7 años muy duros para ella (3 de primaria más 4 de secundaria). Jamás se había sentido “tan discapacitada” como dice ella misma, hasta que transitó por aquella escuela. Un día llorando de impotencia, tras un episodio más en el que se sintió incomprendida y excluída del sistema educativo, se fue caminando hasta su casa y decidió no volver nunca más. Aún le faltaban dos años para terminar el secundario, pero las opciones disponibles significaban viajar y aún no estaba preparada para tanto trajín.

Después de un tiempo su mamá le ayudó a buscar alternativas para ocupar el tiempo, porque estar en casa y depender de los demás la hacía sentir inmensamente sola. Siempre la gustó pintar, aunque las primeras experiencias no habían sido las mejores, incluso creyó que el arte no era para ella, hasta que comenzó a tomar clases con Alicia Martini. Ella fue su conexión real con el arte. Durante 6 años la pintura le ayudó a desarrollar la capacidad motriz de sus manos. Y esta experiencia también le sirvió para generar otro contacto social; recuerda como la integraban con el resto de los alumnos, como si fuera una más y jamás se sintió diferente.

“Cuando alguien tiene en cuenta tus necesidades te hace sentir bien, te hace sentir parte, y aunque parezca algo obvio, es poco común”.

 

Por un tiempo participó de un taller para chicos discapacitados allí descubrió que no existen los impedimentos para hacer lo que uno quiere. Allí le enseñaron a no preguntar: ¿puedo? Porque esa es una respuesta que sólo ella puede responder.

Con el tiempo y la ayuda psicológica que recibió fue recuperando la confianza, superando la adolescencia y decidió terminar esa etapa que había quedado inconclusa… el secundario. Nadie se lo exigía, sin embargo era un peso en su interior. Surgió la posibilidad de hacer el nocturno y después de mucho pensarlo, se decidió.

Entró en el CENMA y fueron 2 años de profunda alegría, tuvo compañeras increíbles, tuvo 2 maestras integradoras (Leticia Martín y Marilena Fernández) que le permitieron tener una experiencia social muy diferente y gratificante. A su cena de egresados entró con sus dos hermanos, ese fue un momento único; por primera vez captó todas las miradas, pero con admiración y respeto. Realmente se sintió feliz.

Luego vinieron muchos desafíos más… pero Vero fue aprendiendo que “si el deseo sale del corazón siempre se puede lograr aunque haya muchos impedimentos.” (su lema preferido)

Este año fue para ella muy particular. El Apross denegó pagar el servicio que la trasladaba a Monte Cristo para tomar sus sesiones de fisioterapia y psicopedagogía. Varios meses después de hacer el reclamo, le dijeron que busque profesionales en la ciudad de Córdoba. Lo que ellos no saben es lo importante que son los vínculos emocionales entre profesionales y pacientes para un tratamiento. “A mis clases con Ceci, mi piscopedagoga y mis sesiones con Marcelo, mi fisio, yo voy contenta, con ganas, esto es más sanador para mí, me río, me divierto… me siento yo misma”.

Hoy Vero baila en sus clases de danza, el piso es su espacio favorito, allí se expresa aunque duelan sus articulaciones, allí se siente libre. La “equinoterapia” era una de sus favoritas, pero sus caderas no le permitieron continuar.

Le gusta mucho escribir, comenzó a escribir cuentos basados en sus propias historias, esto le genera mucho alivio. Su motivación es ayudar a personas como ella a brindarles motivos para salir adelante. Les compartimos un fragmento:

“Para los padres con hijos con discapacidad lo primero son sus hijos y van dejando cosas de lado por ellos, pero pasa el tiempo y los hijos casi no los necesitan. A los padres les cuesta ser libres, tuvieron toda su vida atados a sus hijos, que ahora son grandes, estuvieron tantos años que les cuesta tanto rearmar sus vidas y no saben cómo hacerlo. “

No sólo escribe, también pinta sus mandalas, desde hace 7 años que comenzó a hacerlo en el taller de Mirta. Los mandalas relajan su mente y le permiten dormir toda la noche. Las noches son su espacio preferido, en el silencio de su departamento se siente acompañada con sigo misma. La soledad se convirtió en una experiencia nueva de compartir con la mujer que es y la cual se convirtió, gracias a las maravillosas personas que la vida fue poniendo en su camino desde que nació y también por los duros aprendizajes que le tocó vivir. Siempre agradecida y feliz.