En las vacaciones escolares, suelo aprovechar más el tiempo para compartir y (sobre todo) observar el juego de los niños. Aprendo y disfruto con sus ocurrencias, que suelen ser cascadas de ideas (no siempre factibles de llevar a cabo) que se desatan a lo largo del día. Pasan de hacer barro a jugar con pequeños muñecos, carreras de autitos, bolitas, juegos de mesa, burbujas, pinturas, masas, mascotas, caminatas con búsquedas de plumeritos,… de repente hacen barcos y aviones de papel, o nos encontramos en la mesa con un ajedrez, cartas o una lotería…. Como siempre decimos, cuán importante es que los niños puedan jugar libremente con diversos objetos, materiales, texturas, etc…. Pero hoy queremos hacer un especial apartado para los disfraces… Cómo les encanta disfrazarse a los pequeños!!!

Pueden pasar de ser una princesa a una sirena en minutos, aferrarse a su traje del hombre araña al punto de querer dormir con él, o con el escudo y la espada que les permitió vencer a sus contrincantes durante toda la tarde. Esa tela, o ese objeto que les anexa un “poder especial” es parte de una búsqueda y de un encuentro con su fantástico mundo infantil, que jugando los prepara para la vida adulta.

Podemos tener en cuenta que:

Detrás de una careta, hay un pequeño tomando coraje,

Debajo del vestido largo, hay una bella niña mostrando sus sueños,

En esas caritas pintadas, vemos la inocencia de la diversión, de sentirse lindos y observados…

Hay botas y tacos que los hacen sentir grandes!

Carteras y llaves que les abren esa puerta invisible hacia la soñada libertad…

Los niños aman jugar a ser…, es natural y sano. Si vemos en sus ojos la decepción cuando aparece la prohibición, podremos comprender la importancia de esta etapa. Que no dura toda la vida, es sólo unos años. Y es importante permitirlo y acompañarlos.

Siempre bajo los parámetros que cada familia viva como verdaderos, por supuesto! Hay momentos en que el disfraz debe quedarse a descansar en casa, porque la situación amerita una vestimenta diferente. El niño puede comprenderlo y aceptarlo: influirá seguramente el diálogo que mantenemos con él, la escucha de sus motivos, sus necesidades, la edad del pequeño, la situación familiar por la que estamos atravesando, etc… Pero siempre debemos priorizar la posibilidad de escuchar y expresar, tanto en el pequeño como en el adulto, contarle también cómo nos sentimos con la situación, lo que consideramos apropiado para cada momento, y llegar a un acuerdo.

Permitirles que elijan disfraces, que los armen ellos mismos, que busquen telas y accesorios, y sean ese personaje que les venga en su imaginación, es un recurso de gran valor para su autoestima y su psico-desarrollo. Les ayudaremos a sentirse seguros, capaces de crear, imaginativos y libres… el mundo del juego infantil es infinito, y ellos son sus dueños y custodios. Los adultos debemos intervenir lo menos posible, sólo ofrecer unas miradas mientras estamos haciendo nuestras tareas “por allí cerca”. Prioricemos el “vos podés!”, “intentá otra vez”… y frases semejantes que los animan a superarse y encontrar nuevas opciones.

El mágico mundo de los disfraces es una oportunidad para ensayar otras formas de ser, probar diálogos distintos, imitar voces de personajes y relacionarse con amigos desde un rol diferente.  

Es esperable que se desordene la habitación, que se ensucien los trajes, que se rompan, etc. ¡Cuántas veces nos pasamos un buen rato buscando el objeto perdido que hará que el personaje esté completo! Son situaciones cotidianas que a todos los padres y cuidadores nos pasan más de una vez y quedan en la memoria anecdótica familiar para reírnos cuando pasan los años…

 Ese es nuestro rol, ayudarlos cuando no pueden solos, colaborar en la búsqueda de lo necesario y permitido para el armado del juego, intervenir en alguna diferencia que no pudieron sortear con el amigo y que sepan que estamos atentos. Para jugar, los niños no necesitan indicaciones adultas, pueden y “deben” inventar su propio escenario.

Nuestro cuidado los ampara, pero no los invade.

Los guiamos, pero no hacemos el trabajo por ellos.

Hay un inmenso abanico de ideas en cada mente infantil, que naturalmente se despliega día a día, sólo debemos propiciarlo y ellos felices, lo disfrutarán.