Es de larga data la historia en la que los padres nos sentimos con el derecho de decir, ordenar, decidir, aconsejar, etc. a nuestros hijos, amparados en una postura (discutible) de “¡Porque soy tú Padre! (o Madre)”. Antes, los mayores podían equivocarse en lo que estaban imponiendo, pero era poco el debate que se permitía al respecto. La brecha generacional marcaba un obligado respeto a los adultos, sólo por ser mayores! Y los niños, acataban en la mayoría de los casos, o se ponían muy “rebeldes” y eran considerados una especie de  criaturas indomables.

Tengamos presente que los derechos del niño son bastante nuevos en la historia de esta cultura y nos han hecho replantear el modo en que tratamos a las generaciones venideras. Ahora podemos hablar de cuidados, de amparo, de amor incondicional, de crianza consciente. Podemos mirar a los pequeños y darnos cuenta de que son seres sintientes, que tienen elecciones propias, gustos, intereses; que pueden no acordar con los adultos, elegir otro estilo de vida en su futuro, desear otra realidad para su vida adulta, etc.

Y, aunque nos cueste aceptarlo, actualmente las cosas cambiaron: ser Mayores ya no es sinónimo de Ser Mejores, de saber más y de poder decidir todo lo que concierne a la vida de nuestros hijos, sin siquiera preguntarnos si estamos haciendo bien. Hoy, el respeto se pone en duda cuando no somos primero respetuosos con esos pequeños que traemos al mundo. Si por ser adultos, tratamos a los niños de manera despectiva o desvalorizante, estamos muy lejos de poder pedirles que nos respeten! Ese niño muy probablemente no nos escuche atentamente, no haga lo que le decimos y hasta quizá no nos quiera! Pues, seremos una amenaza para su sensibilidad y una mala compañía para su sensación de soledad…. Para ser más clara: “nadie quiere estar con quien nos maltrata y no nos valora. Con quien nos dice que estamos equivocados casi siempre y que me calle porque no sé nada!”

Los años nos regalan la experiencia de la vida transitada y la maravillosa capacidad de reflexionar sobre cada cosa que hacemos, para luego compartirlo y contagiarlo a nuestros niños. Nada más lejos de la realidad que sentirnos mejores por ser mayores! Ser Mejores implica un gran trabajo de autoconocimiento, generosidad y deseo de brindar lo mejor de mí a esos pequeños en construcción. Ser Mejor es trabajar para que nuestros hijos nos superen, para que sean libres de ataduras mentales, de herencias que los encasillan en modelos viejos, o conceptos que no les permiten salir al mundo con sus propios recursos.

Mejor, es ser igual que mis hijos. Ser iguales en esencia, sabiendo que se nos han dado para que los acunemos, los protejamos y guiemos. No para domesticarlos a nuestro gusto! Cumplimos diferentes roles: mayores y menores, ambos en etapas distintas de aprendizaje en esta vida, ambos tan importantes para la continuidad de la humanidad, ambos caminando a la par, de la mano, ninguno encima del otro.

Sentirnos Mejores nos puede ubicar en un lugar de soberbia basada en un concepto viejo.

Sentirnos iguales, nos permitirá respetarlos como personas (sí, aunque midan menos de un metro de alto, son personas!).

Sabernos Mayores, nos hace responsables de su integridad, veedores de su sano crecimiento y dichosos de poder amarlos sin límites!

Si no empezaste, te animo a disfrutar del trabajo cotidiano en busca de ser tu mejor versión….

Si ya estás en ese camino de auto-conocerte, felicidades!!!!