Cuando hablamos de pérdida de un ser muy querido, siempre es difícil. Muy doloroso para todos los seres humanos, pues somos sintientes, y la ausencia duele.

Pero creo que la mayoría de las personas coincidimos en que la muerte de un hijo es el dolor más difícil de sobrellevar. Es un dolor descriptible (sí, podemos detallarlo perfectamente), pues se siente en el cuerpo, nos destroza por dentro y en muchos casos nos quita las ganas de seguir viviendo. Las mamás sentimos que en lo profundo de nuestras entrañas hay un vacío, corporal y etéreo, que por supuesto nada más llenará. Es un momento tan intenso que muchas veces nos da miedo no salir jamás de esa situación.

Con ese hijo se va el calor de su presencia, sus sonrisas, su voz, su llanto, sus gritos y sus movimientos, ese olorcito de su piel, las caricias que podíamos hacerle y las atenciones que le brindábamos. Se va lo que quedaba por vivir juntos, lo que habíamos soñado para él, lo que le esperaba en la vida… Hay un vacío y una tristeza que nada puede mitigar. ¿Y qué nos queda por hacer? Primero llorar, mucho y sin tapujos, solas o acompañadas. Gritar si es necesario, golpear un colchón o abrazarte fuerte con alguien. Después vendrá lo que sigue….. la vida, continuar, sobrevivir primero, diría yo, para resurgir meses después, no se sabe cuántos!

Ese hijo se lleva una parte de nuestra historia, una parte que no pudo ser, que queda como cercenada, y esos primeros tiempos (y digo “tiempos” porque no se sabe cuánto sea) no hay mucho que podamos hacer para aliviar la pérdida. La fuerza viene después, con la confianza de que podemos salir adelante, de a poco, con respeto, amándonos y escuchando siempre lo que vamos necesitando.

Tampoco hay mucho que puedan hacer los que están afuera nuestro, pues la presencia a veces molesta, la soledad nos aprieta, las palabras no nos consuelan y los consejos resultan imposibles de poner en práctica. Necesitamos aferrarnos a una lucecita que nos sirva de esperanza, la que sea, cada una va encontrando qué le da sentido a seguir en este mundo, a intentar ser feliz a pesar del dolor, a soñar con sonreír más en algún momento.

El paso del tiempo, acompañado de la certeza de que podemos salir adelante, hacen de bálsamo para ese corazón herido. Hay muchísimos textos que hablan del tema, consejos prácticos que pueden servir de guía y espacios de compañía para personas en esta situación.

Pero cada madre es responsable de sí misma, de elegir lo mejor para ese momento. Y ¿qué es lo mejor? Todo lo que esté del lado de la salud, siempre será una buena elección, aunque en el momento no nos calme, es importante transitar este dolor en consciencia, con paciencia y con ayuda. Encontrar espacios sanos que nos permitan desahogarnos pero sin hundirnos en lo monotemático, por ejemplo.

No quiero caer en la consejería porque soy una convencida de que son procesos muy personales, sólo me gustaría cerrar esta nota recordando a las mamás que pasan o pasaron esta situación, que ese hijo que se va nos deja más de lo que al principio podemos dimensionar. Lo que nos queda, lo transitado juntos, lo que nos enseñamos, lo que aprendimos, eso que existió entre ambos, y que en algún momento será un gran tesoro, es seguramente lo que nos permitirá sobreponernos. Encontrar un modo de honrarlo y compartir esa sabiduría, es una música que le da paz a nuestra alma.

No existen reemplazos para ese ser que ya no está, al contrario, siempre tendrá un lugar en nuestra vida, en nuestros corazones y en la memoria familiar.

Hoy hablamos de las mamás, pero no nos olvidamos de que ese hijo también deja un vacío para el papá. Que lo procesa diferente, posiblemente lo duela más en silencio, con otras expresiones y otras conexiones. Para ambos la vida no será la misma después de esta situación, para ambos será un desafío reponerse y encontrar un nuevo equilibrio. Respetarse en el proceso, en los modos y los tiempos de cada uno, es también un gran ejercicio y una imperiosa necesidad de un papá o una mamá en duelo.

Para TODOS son experiencias inesperadas, para las que no nos instruyen, pero de las que aprendemos sin dudas, aún bajo un intensísimo dolor…

Seguimos reflexionando sobre temas de la vida…

Gracias por estar ahí!

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