Querido Papá:

                         En este día tan especial, quiero que esa felicidad que te deseo todos los años, por fin se cumpla. Porque el más merecido regalo, y lo más justo, es que te sientas feliz y esa felicidad dure para siempre.

Pero como no encuentro felicidad para comprar y regalarte, quiero darte la mía que es inmensa, y eres parte fundamental de ella.

Para eso tengo que pedirte un favor, quiero que te pongas en mi lugar un instante y te mires. Te mires desde donde estoy, como yo te veo. Así verás un hombre gigante, con las fuerzas de Hércules, la sabiduría de Platón, la inteligencia de Einstein. Verás en cada gesto un ejemplo a seguir. Sabrás que cada palabra que escuches de esa boca, tu boca, la boca de mi padre, será la más sagrada. Sabrás que de esas ásperas manos, endurecidas de trabajo, tendrás las más suaves caricias y los mejores abrazos. Y te sentirás seguro, te sentirás protegido y verás en los ojos de ese padre la mirada de un amigo.
Cuando estés de mi lado y te mires, verás lo mucho que valen para mí tu mirada y tu sonrisa, así, juntas.
Mírate un instante nada más, mírate como yo te miro y sabrás por qué te admiro, por qué me siento afortunado de tenerte.
Papá, si pudieras mirarte como yo te miro, y pudieras soñar mis mismos sueños, sabrás que ser igual a vos es mi único anhelo. Cuando puedas mirarte como yo te miro, sólo ahí, en ese momento, entenderás por qué te quiero y soy feliz, y esa felicidad te la devuelvo.
Si lograras mirarte por un instante como yo te veo, por solo un segundo, verás muchas cosas, pero lo más importante, ¡verás al Mejor Papá del Mundo!

Autor: Jorge L. de la Plaza