Las mujeres en general mantenemos una exigencia con nuestra imagen, que a veces resulta difícil de sobrellevar. ¡El mundo parece una especie de vidriera en la que todos estamos expuestos, y cuanto nos cuesta lo diferente!

¡Qué hermoso es vernos bien, arreglarnos, sentirnos LINDAS!

Pero si eso se asocia a un secreto sufrimiento, a la preocupación por el peso, el ojo que se le cae el párpado, las canas y los litros de tinturas al año, la rodilla que tiene una cicatriz que no me gusta y el diente que no sé qué… Estamos frente a una persona que no se acepta, que posiblemente sufre mucho en sus conversaciones internas, por sentirse fea, diferente, poco aceptada, o excluida.

Este mundo tan diverso, tan inmensamente rico de posibilidades, parece ser rígido y mezquino en la forma en que nos miramos como humanos.

La vejez, la enfermedad, las marcas, los traumas son partes de esta vida, pero difícilmente estemos preparados para aceptarlas sin crisis. Aún los partos, están siendo cada vez más, vividos como un paso rápido en la vida de una mujer, y a los días ya empezamos a “hacer vida normal”.

¡Cuánta exigencia! ¡Que feroces podemos ser con nuestro cuerpo, con nuestro envase!

He escuchado muchas veces personas que sufren una dolencia y la pasan muy mal por no querer/poder salir a la calle y sentirse clavadas por miradas que, mínimamente, se están lamentando por lo que observan… “¡pobre!”, “¿qué le habrá pasado?!”, “si me pasa algo así ¡me muero!” Esa es la mirada cruel que vaya a saber de dónde viene, pero que cargamos en este tiempo. No sabemos qué hacer frente a lo distinto, a lo que no se ajusta al modelo que inventó una cultura distraída de lo importante, y nos genera alejamiento.

Alejamiento de nosotros mismos principalmente, pero a veces también puede convertirse en un aislamiento poco saludable de personas que no pueden siquiera salir de sus casas.

Claro está que todo este combo afecta tremendamente la estima de quien lo padece. Y quizá el afuera intenta ayudar, pero no sabe cómo. Podemos en principio tratar de ponernos en su lugar, desde la vereda del frente todo es más fácil. Evitemos frases como “¡dale!, ¡salí que te va a hacer bien!”, “no podés seguir así!”, y tantas más… ayudemos desde un lugar comprensivo, empático, empoderante.

La enfermedad siempre nos enseña. Y sé que es una frase más que escuchada últimamente, pero es tan real como la vida. El cuerpo a veces sufre y otras veces la mente es quien genera el desconsuelo. Lo cierto es que podemos sentir que nos hundimos sin límites, y un día comenzar a salir adelante, encontrando eso que le da Sentido a nuestras vidas!

Este recipiente que nos permite estar en este mundo, que nos lleva a dónde queremos ir, que nos acerca a otros, es el guardián de nuestra existencia.

Trabajar en nosotras mismas, para cuidarlo, para amarnos, para sentirnos plenas, es la Gran Tarea. Y las mujeres somos las principales portadoras de esa voz: porque educamos, criamos, acompañamos, etc.

Empecemos por ser agradecidas de la vida, y eso nos mostrará el camino.

¡Feliz comienzo de 2018!