-Recuerdo que de niño la navidad tenía su magia, una verdadera magia. El 24 a la mañana mi madre ya tenía listo el pan dulce que por la tarde llevaría al horno. El olor de ese pan era el perfume con el que yo identificaba la navidad. Después del almuerzo, todos teníamos que dormir la siesta. Era el único día del año en el que intentaba dormir la siesta. Este recurso, antiguo por cierto, servía para estar un rato más despiertos durante la noche. Me acostaba, cerraba mis ojos haciendo mucha fuerza para conciliar el sueño que nunca llegaba del todo.
A eso de las cuatro y media o cinco, escuchaba a mi madre encender el horno para cocinar el pan, y en ese momento me levanta.
Por la tarde empezaban a llegar los invitados, primos, tíos, abuelos y hasta los vecinos se cruzaban a saludar, y ahí empezaba la fiesta. Terminaba la cena, el postre, las luces en el cielo, los gritos, las risas, y mamá nos preparaba para irnos a dormir. Caíamos rendidos de cansancio a la cama. Pero siempre con la ilusión de que al despertar tendríamos nuestros regalos, que por aquellos años quién los traía era el Niño Dios, todavía no se hablaba de papá Noel.
Una de esas noches de navidad mi ansiedad le ganó al sueño, por lo que estuve despierto un rato más, mientras la casa se hacía al silencio absoluto. En medio de la oscuridad, pude escuchar algunos ruidos, alguien se movía por la casa. La puerta de mi habitación daba al comedor donde estaba armado el arbolito. La puerta que mi madre había cerrado cuidadosamente cuando nos acostamos, se abrió quedando un estrecho espacio por el que se podía ver  al otro lado.
Con el más perfecto sigilo me levanté de la cama, caminé hasta la puerta para ver lo que estaba pasando. El corazón parecía salirse de mi pecho, estaba nervioso, ansioso, ¿y si veía al Niño Dios acomodando los regalos? Pero la sorpresa fue más grande, cuando vi a mi mamá que sacaba de una bolsa los regalos y los acomodaba cuidadosamente debajo del árbol. Volví sobre mis pasos con el mismo sigilo y me acosté, confundido y pensativo.
Al despertar por la mañana, con mis inocentes cinco años, antes de correr al arbolito fui hasta donde estaba mi madre y le dije –Gracias por ayudar al Niño Dios-   estaba convencido de que mamá, con esa gran bondad que la caracterizaba, había ayudado al Niño Dios a entrar y acomodar los regalos. Mi otra sorpresa fue que la bicicleta que esperaba se había convertido en un camioncito de madera pintado de colores. Pero saben qué, estaba orgulloso y feliz. Ese fue el mejor regalo de toda mi vida, porque después de preguntar uno por uno a mis amigos, mi madre fue la única que ayudó al Niño Dios con los regalos_

Autor: Jorge De La Plaza