Fue una mujer, la que en irónico dolor, bañado con alegría me trajo a este mundo un día. Fue esa mujer que en su abrazo me dio tierna bienvenida, anidando  entre sus brazos para siempre. Fue esa mujer quien veló por las noches mi mal dormir, mi llanto triste, y por los días saciaba mi hambre de amor con su mirada.
Esa mujer le puso sentido a mis primeras palabras balbuceadas, aunque nadie supiera que decían.  Ella tomó mi torpeza entre sus manos y me enseño a caminar, pendiente siempre de cada tropiezo mío, al acecho para llegar antes de que yo llegara al suelo. Y cuando pude hablar, y cuando supe caminar sus manos siguieron aferradas a las mías, por temor quizá, a no llegar antes de que golpeara el suelo.
Para ella fueron mis primeros versos, porque ella fue el amor en su justa medida, la inagotable inspiración para los versos de mi vida.
Hoy es otra mujer la que me cuida, la que lleva mi suerte entre sus manos, la que siente mis penas dolorida, la que es capaz de reír con alegría cada buen instante que me de la vida. Es ella hoy mi inspiración, mis versos, mi amor, mis días.
Fueron ellas las que me enseñaron que la mujer es el tesoro más preciado. Sin ellas la vida no sería, el amor no existiría, el mundo no daría vueltas alrededor de nada, no habría poesía, verso, canción o melodías. No habría llantos ni risas, solo silencio y nada más.
Quién pudiera entender esa costilla, si rendido a sus pies hasta el mejor de los hombres le rinde pleitesía a una mujer, la esencia natural, la vida misma.

Autor: Jorge De La Plaza