-Era el año 1987, qué mes, no lo recuerdo, sé que era lunes.
La mañana es de las más lindas del año, una cálida brisa sopla del norte, y el sol está brillando en todo su esplendor.
Una interminable fila de guardapolvos blancos camina en total desorden, entre corridas y gritos, hacia la escuela. En los últimos metros, antes de llegar, una pronunciada pendiente nos da la orden de partida a todos los que salimos corriendo hasta la puerta, para ver quién es el más rápido ese día.
Pero aquella mañana fue diferente, al llegar, algunos detalles llamaron poderosamente mi atención. En el mástil del patio principal la bandera ya estaba izada, pero parecía haber quedado a medio camino. La señorita Marta no estaba esperándonos en la puerta, ella siempre nos peinaba, nos acomodaba los guardapolvos y nos hacía pasar a formar para izar la bandera.
Al entrar vimos que  en un extremo del salón nos estaban esperando  María del Carmen y Gladis, dos maestras de la escuela. Nuestros gritos fueron apagados de repente al ver que las dos tenían sus ojos empapados de tristeza.

-¡Alumnos!- comenzó diciendo María del Carmen- hoy nos toca recibirlos con una triste notica, la señorita Marta ya no está entre nosotros. Ella subió 43 escalones para llegar al cielo. Pero no estén tristes porque estoy segura que desde allá los está mirando orgullosa y feliz de haber sido su maestra, y los va a seguir cuidando- En ese momento su vos se quebró y nos dijo entre llantos que podíamos volver a nuestras casas.
Mientras la mayoría de los niños corrían a contar la novedad, yo salí al patio con mi portafolio azul, que ese lunes no iba a abrir, y me quedé parado mirando al cielo. En pocos minutos el silencio era absoluto, miré la bandera que agonizaba inmóvil a medio camino, miré la puerta vacía y toqué el cuello de mi guardapolvo todavía desacomodado. Volví a mirar al cielo imaginando su sonrisa, mirándome orgullosa, como nos dijo la maestra, y simplemente dije -¡Gracias!- antes de seguir mi camino a casa.
Cada 11 de septiembre recuerdo a mis maestras, que tanto me cuidaron y enseñaron Y a pesar de haber pasado tantos años, hoy miro al cielo y esta vez en silencio  vuelvo a decir –¡Gracias!.

Dedicado a la memoria de Marta Longueira, mi maestra.

Jorge L. de la Plaza