-Llegó el día tan esperado, la navidad. Aunque todavía falta mucho para las doce, el horario del brindis y los saludos, ya se siente en el aire esa magia de la que todos hablan, eso especial, que en mí, siempre son los recuerdos, los lindos recuerdos. Pero para evitar que la nostalgia abra el bezo que cubre mi alma y empañe mi vista, otra vez, como todos años cierro mis ojos.  Y al abrirlos, infantiles mis recuerdos, veo la casa de los abuelos.
 Afuera en el patio está armada la mesa para muchas personas, siete hijos, todos casados, y un montón de nietos, todos juntos en ruidosa armonía.  Hay muchas explosiones, cañitas que vuelan, luces de todos los colores en el aire. Y entre todo ese disturbio, ahí está mi mamá  sentada a la otra punta de la mesa, parece no poder hablar porque la risa la dejó sin aire. A su lado está parado mi padre, boquilla y cigarrillo en su mano izquierda, la derecha apoyada en el hombro de mamá, él no deja de  hablar cosas graciosas y todos a su  alrededor ríen a carcajadas.

Mi tío en una mano sostiene su vaso de vino tinto y en la otra tiene el palo con el que mueve las brasas para hacer el asado.

Ahí pasó mi tía, llevando en sus  manos la fuente con ensalada. Mi abuela  prepara  la mesa para servir la comida, va y vuelve muchas veces llevando y trayendo cosas. Mi abuelo está sentado en un rincón, solo, en silencio con sus manos apoyadas en  su bastón, hecho de algún árbol de su casa, él sólo mira y piensa, sabrá Dios en qué.
Mi tío, el más grande, conversa con dos de sus hermanas que viven lejos hace tiempo, los tres hablan y ríen, y vuelven a reír.   

Lo nietos somos muchos, algunos corren, saltan, gritan alterando por momentos la paz de mi abuelo, que sigue  pensando.
Desde afuera, por  la ventana, puede verse el arbolito de navidad, que todos los años armaba mi abuela. Aunque pobre el arbolito, por la falta de adornos que con el tiempo se  fueron perdiendo, ese era para  mí el mejor árbol de navidad de todo el mundo.

-La comida está lista- decía mi tío, el asador, y un concierto interminable de cubiertos, mezclado con las risas, comentarios a los gritos, los retos a los más chicos que quieren seguir jugando. Y la cara de mi abuela que feliz está mirando uno a uno a su familia.
Ya llegó la navidad, a las doce, bien puntual. Todo es brindis, besos, risas, abrazos, deseos, caricias. Mientras los grandes siguen saludando, los niños de la familia corremos a ver debajo del arbolito. El mío es un paquetito, no tiene mucho valor, pero siempre amé los regalos que me dejó el niño Dios en el árbol de la abuela.  Después, al pasar esa hora tan  esperada por todos y mientras los más grandes siguen con la reunión, hay niños durmiendo por todos lados, son los más afortunados los primeros en dormirse en la cama de los abuelos.
Esa es la magia que tiene para mí la navidad, el poder mirar atrás y volver a ser feliz, inundado de emoción como cuando éramos niños.

Son las doce y todo es brindis, besos, risas y en medio de tanto alboroto no dejo de imaginar a papá, mamá, los abuelos, algunas tías también, todos  juntos en el cielo puras risas, brindis, besos. Parece que allá también ya llegó la navidad.

Autor: Jorge De La Plaza