Mamá, ayer salí corriendo a comprarte un lindo regalo, porque hoy es tu día. El regalo tenía que superar todo lo que vos me diste, tenía que ser mejor de lo que fuiste conmigo, o tan sólo igual. Pero nada encontré, nada que pudiera superar ese amor inagotable que me das, ya desde antes de nacer.
Qué podía ser mejor, qué podía ser más grande que tus mágicas caricias. Con qué podía superar todas esas noches que pasaste sentada junto a mi cama velando por mi salud. Que regalo puede tener más luz que tu alma, iluminando mi camino desde antes de empezar a caminar.
Miré todas las vidrieras buscando algo más lindo que tu sonrisa, pero nada, nada se compara con el sublime momento de verte feliz. Ni el más caro de los regalos valía lo que vale para mí un tierno abrazo tuyo.
En un jardín cerca de casa vi algunas hermosas flores, pero de solo pensar que morirían en tus manos, marchitas de fracaso por no ser más lindas que vos, me dieron pena y olvidé la idea. ¿Y un chocolate? -pensé- pero de no saberse más dulce que tu mirada seguramente se amargaría.
Después de pensarlo mucho, de tantas idas y vueltas una idea vino a mi mente. Ahora sé lo que quieres, eso que siempre anhelaste, que tu hijo sea el más bueno, el más sano y obediente. Y estoy trabajando en eso para que sea tu regalo, el mejor hijo del mundo, ese que siempre soñaste. 

¡FELIZ DÍA MAMÁ!

Jorge L. de la Plaza