Podríamos decir que una de las principales consultas o preocupaciones de los papás en este tiempo, es la innegable manifestación acelerada que presentan muchos niños en sus comportamientos, sumado a un sufrimiento casi diario por algunas actividades que pueden negarse a realizar.

Los niños de este siglo no escapan a la vorágine en la que vivimos, los adultos estamos apurados, haciendo siempre más de una cosa a la vez, hiperconectados, preocupados, muchas veces disconformes con la vida que tenemos, y casi siempre deseando que las cosas cambien para poder estar en paz. En medio de esos pensamientos y sentimientos, andan los niños girando a nuestro alrededor y recibiendo precisamente esa calidad de vínculo! Sí, lamentablemente les estamos transmitiendo todas nuestras aceleradas maneras de vivir.

Y nos encontramos con niños que no quieren ir a la escuela, que están sumamente cansados, que manifiestan muchos malestares físicos durante el año, que lloran “por todo”, que no pueden con los quehaceres habituales y ni hablar de las tareas escolares! Niños que sufren la socialización, que no pueden despegarse de sus padres para entrar a la sala, o que no quieren vincularse con nadie que no sea de su entorno diario. Pequeños que han perdido su sonrisa natural, cambiándola por un carácter irritable y el ceño fruncido.

Nos cuesta tanto mirarnos a nosotros mismos, cuando la atención se la acaparan los problemas cotidianos, pero les aseguro que si podemos poco a poco, ir modificando algunas de nuestras costumbres menos sanas, nuestros niños se verán mucho más relajados y tranquilos. Reflexionemos por ejemplo en las palabras que usamos para despedirlos a la noche, o para despertarlos a la mañana: cambia mucho la situación si reemplazamos la famosa frase “Levantate que es tarde” por un simple “Buen día! ¿Cómo dormiste?”…. El niño puede sentir un adulto que lo está mirando atentamente, al que le importa cómo está, cómo se siente, y no sólo el apuro de llegar a tiempo! Si podemos sostener hábitos ordenados, donde lo importante es que estemos atentos a los pensamientos que nos asaltan y las palabras que usamos, los niños también logran estar mejor. No es necesario enorgullecerse y festejar que un pequeño de primer grado hace tantas o más cosas que nosotros a la misma edad, que maneja la tecnología y participa de conversaciones adultas. No es importante todo lo que puede saber hacer, si se enferma más de tres o cuatro veces al año, tiene carita de tristeza y responde casi siempre de mal humor.

No “normalicemos” actitudes adultas en los niños, todo lo contrario, los acompañemos para que no se preocupen, para que puedan sortear obstáculos y comprender las dificultades de la vida como parte de ser humanos.

Podemos llegar a tiempo a la escuela todos los días, hacer la tarea, asistir a las actividades extraescolares y bañarlos a la noche sin gritar porque se nos hace tarde?     Si la respuesta es NO, ya sabés por dónde empezar a cambiar para que tus hijos puedan calmarse también. Estamos alimentando una infancia apurada, llena de actividades, estímulos, compromisos y desencuentros.

Cada caso, como siempre digo, merece que lo veamos en contexto y teniendo en cuenta muchos factores, pero he podido apreciar los hermosos cambios que se producen para bien, en una familia que se compromete en vivir más tranquilos, compartir verdaderamente una vida juntos y construir el futuro en base a acompañarse con menos exigencias cada día.

Todos podemos cambiar, y beneficiarnos de vivir menos estresados, pero los niños no pueden elegir, dependen de que los adultos lo decidan!

Si ves que tus niños están diferentes, tristes, acelerados, irritables, se enferman mucho, no pueden dormir bien, etc, es momento de preguntarse ¿cómo estamos viviendo?.

Proponete que este 2018 sea el año en que tus hijos se estresen menos y disfruten más de la vida…!

El cambio empieza cuando nos damos cuenta!