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El príncipe de las sábanas

Había una vez un niño que vivía en un castillo verde, la gente de la comarca lo llamaba Estiben el príncipe de las sábanas, porque le gustaba mucho dormir tapado hasta las orejas.

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Tenía una guardiana protectora porque era un niño muy dulce y la gente se acercaba a mimosearlo, aunque él no quisiera. Su guardiana era una niña alta y de cabello gracioso, siempre lista con su espada para evitar que las brujas babosas se acercaran al príncipe.

Un buen día Estiben salió a dar un paseo por los alrededores del castillo, aprovechando las siestas cálidas de otoño y como era muy travieso salió sigiloso para que su guardiana no lo siguiera. En medio del paseo se encontró con un dragón, era una bestia enorme, muy peluda, tenía dientes filosos y movía su cola de acá para allá. Al verlo corrió hacia él, muerto de miedo, el príncipe cubrió sus ojos con las manos esperando el fatal final.

El dragón se trepó a él en sus dos patas y con su lengua de fuego lo cubrió de baba asquerosa. No dejó ni un centímetro de su piel seca y como signo de combate comenzó a emitir unos gritos estruendosos que alertaron a toda la comarca de que algo estaba pasando.

La guardiana pegó un salto, abandonó sus tareas musicales y corrió hacia la ventana, allí divisó la trágica escena… el dragón no dejaba de pasar su lengua por la cara del príncipe, quien se había quedado atónito ante tan brutal ataque.

La valiente tomó su espada de madera, se calzó la capa y corrió al rescate del pequeño, no dudó en amenazar al dragón y, ante la negativa de la bestia, usó su audacia arrojando un trozo de pastel de algarroba a lo lejos. Ella sabía que este tipo de dragones no podía resistir la tentación.

Así fue, el dragón salió disparado tras el pastel y la guardiana tomó en sus brazos al príncipe, lo cargo en sus brazos y lo llevó hacia el castillo.

El príncipe estaba tan agradecido que invitó a la guardiana a dormir en su cama calentita, rodeada de las mantas más suaves y cómodas de la comarca.

Mientras la valiente dormía muy plácidamente, el príncipe Estiben se comió lo que quedaba de pastel de algarroba y miró, desde la ventana, al dragón que aguardaba afuera impaciente por otro trozo sabroso.

Desde ese día, el príncipe y su guardiana, salieron siempre juntos a recorrer los alrededores del castillo, por las dudas aparezca otro dragón.

Colorín colorado este cuento ha terminado.