¿Alguna vez se encontraron observando a sus hijos y confirmando lo mucho que se nos parecen?

Y no me refiero a sus semejanzas físicas. Sino a sus modos, sus gestos, la forma en la que hablan, los términos que usan… En ellos vemos la transmisión de valores, la herencia que también nosotras recibimos de nuestros padres y abuelos, el paso de la cultura y las costumbres de donde vivimos, etc.

Ya sabemos que los niños aprenden por imitación, por lo tanto, al ver a nuestros hijos, vemos nuestro sello, lo que le brindamos, lo que exigimos y lo que potenciamos en su desarrollo. Toda la crianza está impregnada de nuestras creencias, nuestros miedos, la esperanza y las ilusiones. Cada acto de cuidado y desamparo que realizamos con nuestros hijos, se ve expresado en ellos como en un espejo. Todo, absolutamente todo, está allí, en esa pequeña obra de arte en construcción. Entonces, al verlos, podemos vernos, encontrar-nos y descubrir nuestras fortalezas y debilidades. Es una maravillosa forma de sanar-nos.

Sé que puede parecerte algo difícil esta idea, pero te invito a replantearte lo que hasta ahora fueron certezas en tu vida. Todo lo que vemos como problema en nuestros hijos, puede ser el más valioso tesoro si lo consideramos una oportunidad para crecer. Separemos nuestra mente de la idea de que lo que le pasa a nuestros hijos es algo de ellos y que nosotras debemos “curar”. Como mamás podemos sumergirnos en la situación e ir en busca de nuevos caminos, de nuevos aprendizajes. La vida es eso, un sinfín de aprendizajes que podemos comprender y multiplicar!

Cuando una mamá (o papá) llega a mi consulta porque su hijo necesita atención, suelo compartirle esta frase que aprendí de un amigo y que me encanta: “el fruto no cae muy lejos del árbol”. Y qué queremos decir con esto?: “que como papás, somos responsables del desarrollo de ese hijo, y que, ayudarlo, será un trabajo juntos!”. Es un gran tesoro vernos reflejados en nuestros hijos, observarnos detenidamente, mientras ellos nos manifiestan aspectos que también están en nosotros, o que, si no están, sería muy bueno aprender a transitar.

Hay formas terapéuticas que nos enseñan a ver las conductas y expresiones de los hijos, como manifestaciones del mundo interno (y desconocido) de sus padres. Da un poco de miedo pensarlo así, verdad? Pueden aparecer las culpas, los reclamos, los reproches y los arrepentimientos… pero es una herramienta muy poderosa para una familia, comprender que juntos nos vamos moldeando, por lo tanto, juntos encontraremos las soluciones y respuestas.

Siempre aclaro que cada Ser merece su trato especial y la escucha pertinente, pero hay una generalidad que pertenece al grupo humano que somos. Las personas nos desarrollamos junto a otras personas, copiamos de ahí, aprendemos de ellos, intercambiamos saberes y capacidades. Para cada grupo familiar, los hábitos, los ritmos, los diálogos, son característicos de su convivencia. Fueron aprendiendo, cambiando, imitando y así se van construyendo las personalidades y los vínculos. Nada es casual en esa dinámica. Sino al contrario, tiene una causalidad y una consecuencia. Entonces, queda al descubierto, que lo que a nuestros hijos les ocurre, también nos concierne. Hay algo de nosotras en esa manifestación, algo que podemos descifrar para que todos estemos mejor.

Nuestros hijos expresan de distintas maneras lo que sienten. Procesan las vivencias quizá de forma muy diferente a lo que esperamos como mamás. Pero están ahí, mostrando algo que podemos aprender, sumándolo a nuestras conquistas, o de lo que podemos quejarnos hasta estar agotadas!

Vuelvo a insistir entonces, en lo importante que es estar en armonía con nosotras, cómodas con los roles que ocupamos, dispuestas a modificar hábitos, costumbres, miradas, para dar lo mejor a nuestros hijos. Cuando hablamos de trabajo interno, nos referimos a ese compromiso de estar atentas diariamente a lo que nos va pasando, a lo que pensamos, sentimos y decimos. A ese mensaje que nos quiere dar la situación que estamos atravesando. Y a la valentía de querer siempre encontrar un vehículo que nos permita sortear la dificultad. Puede ser una persona, un escrito, un lugar, un mensaje, un consejo…. No importa por dónde empecemos el camino de autosanación, de encuentro con nosotras mismas, de revalorización del bienestar. Lo importante es comenzar, confiar en nosotras y acompañarnos.

El reflejo que nos muestran los hijos, puede ser ese pasaje que nos lleve a donde queremos estar! No te distraigas!!!

Hasta la próxima…