Autor: Jorge De La Plaza

30 de diciembre, algunos años atrás.

-Acá está- dijo Ana y agregó- es de mi mamá, es muy mágico y poderoso. Ella le pide muchas cosas y todas se cumplen.

Ana y María, vecinas, compañeras de escuela, dos amigas de apenas ocho años de edad. Estaban sentadas sobre el pasto en el parque de la casa de María, conversando de algo muy importante, mientras el sol alumbraba con sus últimas luces aquella tarde de diciembre. 

-¡No lo toques! Mi mamá no sabe que lo tengo y si algo le pasa me mata- dijo Ana mientras abrazaba la imagen de un Cristo crucificado todo hecho en yeso, sin pintar, de unos veinte centímetro de alto.

 Ana, después de retar a su amiga, levantó la imagen al cielo, cerró sus ojos y pidió un deseo.

-¡Pero yo también quiero pedir un deseo!- dijo María en forma de reproche.

-Bueno, pero yo te lo tengo- ordenó Ana a su amiga – y vos pedí el deseo.

María, al ver que su amiga cerró los ojos, intentó arrebatar de las manos de Ana el crucifijo. En esta breve pero intensa discusión, la imagen cayó al suelo y el Cristo se rompió.

Ana llorando y culpando a su amiga por lo sucedido, salió corriendo a su casa. María, quedó sentada en el parque, triste,  miraba la imagen rota y lloraba.

Durante la cena, y a pesar de la insistente pregunta de su madre, María no contó qué le pasaba, no dijo nada. Terminó la comida, pidió permiso y se fue a su habitación.

Debajo de su almohada estaba escondido el crucifijo. Partido en dos lo puso sobre la cama, y sin dejar de sentirse culpable por lo que había pasado, le suplicó al Cristo roto que la perdonara, mientras algunas de sus lágrimas terminaban estrelladas sobre el pálido yeso de la imagen.

Sin encontrar la solución, buscó a  su papá, lo llevó a la habitación y le contó todo lo que había pasado aquella tarde con su amiga. Su papá salió de la habitación y volvió en pocos minutos trayendo en sus manos la solución. Unió las dos partes de la imagen, le puso un poco de pegamento, esperó que terminara de secar, le paso un paño para limpiar y listo, el Cristo ya estaba arreglado.

Al otro día, muy temprano, María tomó la imagen, fue hasta la puerta de la casa vecina, la casa de su amiga, puso el Cristo en el suelo, tocó el timbre y salió corriendo con todas sus fuerzas.
Aquella noche buena, mezclada entre los familiares, María con su vaso de plástico rojo, con jugo de naranjas, quiso  brindar por primera vez y pedir un deseo.

Hoy, casi veinte años después Ana y María están sentadas sobre pasto, en el parque.

-¿Te acuerdas cuando nos peleamos porque rompiste el Cristo de mi mamá? –comentó Ana en tono de risa.

-Sí, pero fue tu culpa porque no me lo querías prestar- respondió María acusando a su amiga y riendo agregó  -Nunca volvimos a pelear de esa manera.

-¿Sabes cuál fue mi deseo ese día? –Preguntó Ana, y sin esperar respuesta agregó –primero, una linda muñeca con sus vestidos de fiesta. Segundo que fuéramos amigas para siempre. Después el Cristo se rompió y pensé que mis deseos nunca se iban a cumplir.

-Al otro día, en noche buena- comenzó a contar María –fue la primera vez que brindé y pedí un deseo junto a la gente grande ¿Sabes cuál fue mi deseo? Que pudieras perdonarme y fuéramos amigas para siempre. Y acá estamos las dos después de tantos años, esperando la noche buena.

Ana, buscó dentro de su cartera, y al sacar la mano le mostró a su amiga el Cristo con la enorme cicatriz de aquel día. Las dos se abrazaron y sus lágrimas esta vez fueron de felicidad.

-Acá esta el Cristo roto y ya casi es año nuevo –dijo Ana y agregó emocionada – ¿Pedimos un deseo juntas? _