Vivimos una época compleja en la que, muchas veces, se hace difícil tomar contacto con lo trascendente. Eso, a la larga, puede provocar angustia y la oscura sensación del sinsentido.

Cultivar la espiritualidad, contactar con lo sagrado, volver con humildad hacia nuestro interior y abordar la trascendencia, emergen como opciones válidas para salir de esa pobreza que vuelve menos intensa nuestra calidad de vida y hasta nos puede sumir en una tristeza profunda.

“Es entonces cuando la angustia presenta en el horizonte dos posibilidades: empezar a morir, como se espera en nuestra biología, o por el contrario, iniciar una búsqueda de trascendencia, donde se ve la muerte como un aspecto más de la vida”. Inés Olivero, psicóloga.

Desde la filosofía nos abrimos, de la mano de Paola Delbosco, a otro punto de vista: “Frente a lo sagrado uno admite su pequeñez, se desnuda de todas las máscaras mundanas o sociales. El segundo sentido, quizás más literal, es el de un espíritu que se achicó, que no sabe más expandirse a la altura no de lo que somos sino de lo que anhelamos ser. El principal camino de este empobrecimiento es el consumismo: el hambre de sentido, que nos impulsa a buscar más allá de nosotros mismos (inclusive en el otro o los otros), se apaga con sustitutos, que llaman desde el llano, pero impiden levantar vuelo”.

¿Creer o no creer? 

Muchas religiones sostienen desde el dogma que la fe es un don que proviene de Dios, en tanto otras apoyan la idea de que la fe se encuentra, si se la busca. Olivero propone una mirada integradora: “Creer nos permite crear. La inspiración que se recibe hace sentir la cooperación de lo divino en nuestros logros y también en las situaciones de frustración y de dolor. La vivencia de sentirnos acompañados por Lo Intangible sostiene en los momentos difíciles y fortalece en los nuevos intentos. Cada uno tiene una imagen diferente de la divinidad, distintos niveles de cercanía, pero en todos los casos se siente su energía. A veces, los más resistentes, lo encuentran en la sabiduría grupal y participan sintiéndose integrados. También es una forma de rezar”, sostiene.

“Creer que cuando estamos satisfechos con nuestras necesidades materiales no necesitamos seguir trabajando nuestros desafíos espirituales nos lleva a una sensación de vacío e insatisfacción constante”. Silvina Chemen, rabina.

Con respecto específicamente al acto de orar, Chemen describe: “Rezar significa dejar de lado los ruidos externos, los gritos, los bocinazos, los insultos, las bajezas que estamos escuchando para darnos lugar a volver a oír nuestras palabras de esperanza, de poesía, de respeto… La fe no justifica o deja de justificar nada de lo que sucede en el mundo, sino que es una hermosa herramienta para saber que uno tiene más fuerza de la que cree, mas confianza (con-fe) para encontrar los modos de salir adelante”.

Sin embargo, Delbosco trae a la reflexión a Simone Weil, una filósofa judía francesa (1908-1943). “Ella decía que ‘la atención pura, sin mezcla, es oración’. Esta consiste en ponerse en presencia de Dios, no tanto en palabras (aunque podría servir la palabra como vehículo de la memoria, la gratitud, el pedido), sino con todo nuestro ser, sabiendo que todo lo que somos y lo que tenemos es un don, y al don se puede responder adecuadamente solo desde la  generosidad. Pensando en entornos propicios, también en la ciudad, para la persona entrenada, hay remansos de paz. Creo que nos acerca al sentido  trascendente de la vida los gestos de ayuda, comprensión, amabilidad, solidaridad que se ven en la calle, en los colectivos, en las plazas. Lo que ayuda a escaparnos de la pobreza espiritual, entendida como privación de profundidad, es vivir cada encuentro con los demás como algo sagrado: es la oportunidad de dar algo de nosotros, aunque solo sea una sonrisa, un saludo, la escucha, y de recibir algo del otro”.

Fuente: Fragmentos de la nota de Virginia Bonard para www.sophiaonline.com.ar